Ser uno en la época en que vivimos

El siglo XXI es ideal para sacar conclusiones de lo que es el mundo.
Conocemos mucho más, sabemos mucho más y cada vez somos más idiotas.
Para alguien cotilla que encima ha estudiado cosas de política y personas (sociología), estos años son especiales: una recesión económica (y social), los países de religión mayoritaria árabe, las convulsiones de los jóvenes en países tan dispares como Méjico, Portugal o Túnez que viene precedida de la revolución de jóvenes africanos que se largaron de sus países y tuvieron que retornar porque se vivía mejor en sus países que en la Europa en crisis. Una época en la que nadie se cree ni se fía de sus gobernantes, de sus bancos, apenas de su dinero (el euro) y mucho menos de lo que ve alrededor porque unas máquinas curiosas nos dicen que todo es posible: Internet y los ordenadores.
Una foto envejecida color sepia, de repente es brillante y nueva.
Una perfil grueso, una nariz afilada, todo se arregla o modifica con unos retoques.
Es la misma época del hambre en medio mundo, la época de las dietas en medio mundo.
Es la época del cáncer incurable frente al SIDA que no desaparece.
Es el tiempo del correr mucho pero no tener prisa.
Es el tiempo de no confiar y no creer, so pena de que te llamen confiado, inocente o bobo.
Es el tiempo en el que la mayoría calla por miedo, mientras que otra mayoría grita para tener la sensación de haber dicho algo alto y claro en su vida.
Son los tiempos en que la mayoría es minoría según las gafas que se hayan puesto los que cuentan (de contar y narrar).



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Libertad para hacer lo que te digan

La libertad es una palabra muy recurrida de la cual sólo nos acordamos cuando nos privan de ella. Es lo que han pensado muchos fumadores desde que se anunció que no podrían degustar sus pitillos en bares (lugar por excelencia para fumar, delante incluso del postcoitum).

A los no fumadores les parece incluso bien, pero es una ley que no va con ellos, salvo por el olor de la ropa y un par de inconvenientes más que podría detallar pero no haré.

Ahora las puertas de los bares se han llenado de mesitas auxiliares con ceniceros para que las personas vayan a los bares pero fumen en la calle. Es decir, que los hosteleros no pierdan negocio (indudablemente perderán clientela pero a ver quién es el valiente que lo estima), a pesar del gasto que supone mesita auxiliar, estufa moderna (tipo lámpara), limpiar el suelo de centenares de colillas en la vía pública, etcétera.

Me preocupa que las personas no se quejen salvo en los bares. En el caso de España, si se limita la entrada a los bares de manera tan esquiva, ¿dónde podremos quejarnos? ¿En los parques y en las plazas? No creo, hubiera sido un paso atrás en nuestra evolución.

Antes salíamos a la calle, a las plazas, a los parques, allí hacíamos vida social, hablábamos, compartíamos puntos de vista, charlábamos (fumábamos). La calle.

Pero, ¿quién pierde el tiempo ahora en la calle?

Con imposiciones de este tipo se anima a la gente a quedarse en casa, fumar en casa sin molestar a nadie salvo a uno mismo. Ver la tele, jugar a la consola, mirar porno.

Que a nadie se le ocurra pensar, leer, escribir, mandar cartas al director, hacer asociaciones vecinales, formar partidos políticos alternativos, confeccionar medios de comunicaciòn alternativos vía Internet (por ejemplo) o vía panfletos, dípticos, hojas parroquiales...

No.

Eso sería un paso atrás en la evolución, ese paso ya lo dieron otros por nosotros. Ahora toca callar y disfrutar de esta libertad impuesta.

Pero no olvidemos que en España tenemos una democracia, que tenemos derechos y libertades: tenemos VOZ, tenemos VOTO, tenemos capacidad para asociarnos y manifestar nuestros puntos de vista...y no me refiero a quejarse en Feisbol, no. Me refiero a utilizar nuestras herramientas para que quien nos representa (no confundir con quien nos gobierna) sepa si estamos de acuerdo o no. Pero, sobre todo, para que nuestros puntos de vista se escuchen con ALTAVOZ.

El debate sobre si el tabaco es malo o no es una sandez, claro que es malo. El alcohol, las drogas, la prostitución, los coches, los aviones, la comida rápida, la televisión actual. Debatirlo es reconducir las palabras hacia un lugar sin sentido.

Ayer escuché muchos comentarios al respecto del tabaco y la prohibición de fumar. Algunos hablaban del mal (físico. Incluso la muerte) que deseaban a los hacedores de leyes, otros decían que puestos a denunciar, denunciemos a cada político (por pequeño que sea su cargo) a quien veamos hacer algo mal: desde orinar en la acera cuando van borrachos, a meterle mano a la secretaria, a defraudar hacienda, robar. Y esto mismo aplicarlo al director del banco, al empresario millonario, etcétera.

Ir a la guardia civil y saturarlos con denuncias.

Pero no dejaba de ser una pataleta.

Al final lo que harán los fumadores es buscarse las triquiñuelas para poder fumar sin que alguien los denuncie (porque ésta es otra, ¿qué consigo denunciando a mis amigos si los veo fumar? ¿Tengo que denunciar al coche que va a más de 120 en autovía? ¿Tengo que denunciar a la señora que se me cuela en el mercado? ¿Tengo que denunciar al vecino que me mete publicidad en el correo porque él no la quiere? ¿Tengo que denunciar, tengo que denunciar?).

Vale, ahora mi ropa no huele a tabaco cuando me echo un café con mis amigos. Lo malo es que mis amigos no quieren quedar en los bares para echar un café, ni quieren quedar a comer o a cenar.

¿Es esto el Apocalipsis?

NO, es una más.

Encantamientos

La palabra desencanto se ha utilizado mucho durante estos dos años.
Se ha usado a nivel social, político y económico.
Pero implica muchas más cosas, como el hecho de no creerse nada. Y eso conduce a poner en cuestión cualquier valor que primara en la vida de las personas.
El desencanto se utiliza muchas veces para que la mayoría de las personas se vea incapaz de moverse cuando realmente la situación lo merece.
Tened cuidado con el desánimo, que no os pille a traspiés porque alguien puede aprovecharlo en vuestra contra.

Los derechos del autor vs los derechos de las multinacionales

Uno de los mejores debates que vamos a tener en el siglo XXI es el de la propiedad intelectual y los derechos de autor.
Lo que quiere decir que cada vez que escuchamos estas palabras pensamos en la SGAE por culpa de normativas a destiempo y gente condicionada que monopoliza los puntos de vista.
He encontrado un punto de vista genial, de una autora albaceteña genial, Rosa Villada. Dice las cosas tan claras, que no me atrevo a replicar ni a decir nada más al respecto, pero es un deleite y coloca a cada uno en su sitio.

Esclavitud mental

(Basado en varios casos reales)

Tengo total libertad y legalmente todos los derechos para contratar a un abogado y que, en mi nombre me defienda.
Soy libre para hacerlo, siempre que quiera, claro.
Cuando la esclavitud era un hecho legalmente mantenido, el trabajador esclavo (no olvidemos que el esclavo era trabajador, sobre todo. Además de otras cosas vergonzantes) sólo tenía miedo de dos cosas: del golpe diario (el castigo), y del golpe definitivo (la muerte). Ambos articulados en su ley correspondiente, según los países, incluido España.
En Albacete, en el año 2009, soy libre, sólo tengo que repasar las leyes que me obligan y me cuidan a partes iguales, así como los juzgados que me cuidan y me castigan a partes iguales.
Soy libre de elegir trabajo (pausa para las carcajadas), cambiar, evolucionar y, si mis derechos (escritos en letras doradas en leyes, y sentenciados con plumas de oro por jueces) no se cumplen, denunciar (o defenderme, mejor dicho).
He pasado seis años en una empresa, he firmado (porque necesito el dinero para vivir) contratos temporales en dicha empresa donde cada año nos amenazaban con que a los trabajadores malos (sin definir quiénes eran los malos y quienes los buenos) no les renovarían. A mí me han renovado porque he callado, no he levantado la voz.
Mi trabajo es cómodo, el salario me permite llegar a final de mes e irme de vacaciones, aunque no comprarme una casa, por ejemplo. El horario es adecuado, pero si mi jefe (que no vive aquí sino en Valencia) me llama un día cualquiera en que estoy librando, y me insinúa que debo ir a trabajar: voy. No cobro las horas extra, ninguno de mis compañeros las ha reclamado (porque se considera de mal trabajador, podrían echarnos).
Con estos condicionantes mentales de sublimación, de hacer lo que me digan, de agachar la cabeza diciendo síseñor, explico mi situación actual.
Me han despedido y me ofrecen 10 días de indemnización por el último año de mi contrato, olvidando los otros 6 que me han tenido a su entera y completa disposición. No hablo de esclavitud porque nunca me han pegado, pero sí me han gritado, menospreciado y amenazado.
Hablé con un abogado, sindical para más señas. Me dijo que tenía derecho a denunciar porque me habían engañado, realmente mi contrato se considera en fraude de ley (¿Fraude? ¿Cómo es posible que me engañe el empresario que amablemente me ha dado trabajo durante seis años?)
Pero me pregunto, si denuncio, ¿se hará realidad lo que me dijo antes de cerrarme la puerta en las narices? ¿Hablará con los empresarios de Albacete para que no me contraten en ningún otro sitio? ¿Me contratará dentro de cuatro meses cuando la Administración, o sea, el gobierno, le vuelva a dar una concesión multimillonaria gratuita de la que, además del beneficio directo obtiene el beneficio de no pagar legalmente a sus trabajadores?
Camino de casa fui pensando que 10 días no estaba tan mal. Ir a juicio sólo es de gente mala, no de personas decentes. Además, me ahorraría el trago de que un juez (con o sin pluma dorada, pero siempre con toga lustrosa), me dijera en su despacho privado que el empresario podía presentar cuentas negativas (verdaderas o falsas, pero imposibles de comprobar) y dejarme en la calle sin un euro y con su amenaza sobre mi cabeza.
Mejor no denuncio. Porque tengo libertad para tomar esta decisión, aunque sepa que no lo hago porque el sistema (la ley y todo su entramado) realmente no me defiende ni cuida de mí.

MIEDO

Desde niños nos enseñan a ser libres. Desde niños nos enseñan a no ir contra las normas.

Desde niños aprendemos la tremenda contradicción que ello implica si las normas atentan directamente contra nuestra libertad. (Y no hablo de cuestiones obvias como saltarse un semáforo en rojo, matar, robar, etcétera)

El miedo a la corrección o el miedo a la incorrección. Los temores a no ser correspondidos, o el miedo a que la sociedad, y sus elementos, reaccionen contra uno.

Asumir las reglas como tales lleva aparejado el miedo a ir contra ellas, si por casualidad quedan obsoletas, anticuadas o sin contenido.

Este miedo se manifiesta porque igualmente que nos enseñan a asumir las normas, nos enseñan que ir contracorriente no está muy bien visto. Aunque nadie nos dice que hay dos tendencias sociales marcadas y aceptacas: la del que asume (apechuga y calla) y la del que participa (trata de cambiar y mejorar)

Cada vez que un semanal hace mención a empresas que tratan bien a los trabajadores hablan de google, de sus horarios, de que hay billares, monopatines, cafetería, muchos colores, tremenda libertad de elección siempre que se cumplan los objetivos. Curiosamente aseguran que los objetivos se cumplen con creces, lo cual debería dar que pensar: ¿Por qué no lo hacen todas las empresas? Si les funciona a ellos, ¿por qué no a los demás?

En fechas recientes, varios trabajadores de una empresa de Albacete presentaron una planificación completa: calendario, horarios, posibilidades de conciliación, libertad de entrada y salida, etcétera (no era google, pero era algo). Lo presentaron previamente a los compañeros porque siempre da más seguridad y garantías presentarse ante el jefe con el respaldo unitario que de manera individual.

Los comentarios fueron tan variados que me quedo con algunos de ellos: vaya tontería, no lo van a aceptar, si lo presentamos nos echan a todos, tampoco está tan mal el horario que tenemos, para qué sirve si lo que tienen que hacer es subirnos el sueldo.

Definitivamente no llegó más que a las papeleras generando una terrible frustración en las personas que lo habían redactado.

La pregunta fundamental: ¿Cuándo empieza la libertad a adquirir su fuerza? Cuando se ejerce.

Es una palabra tan densa, con tanto peso que hemos aprendido a utilizarla como reclamo publicitario, pero a muy pocos nos han enseñado a ejercerla. Diversos mantos la cubren, y son mantos tan suaves y agradables, tan cálidos, que mejor estar arropado que aventurarse a una brisa desconocida.